Capítulo 1 - El Silencio
Las razas han dado lugar a cada mente, como las flores mueren al nacer el fruto. Las mentes barrieron el plano. Se hallaron al fin, unas con otras, en lo ínfimo, en lo inmenso, en la nada.
Las mentes, un día, fueron una. Conocieron, en los confines, al hombre y la palabra, y la palabra los transmutó. Dieron nombre a los cuerpos, hasta que fueron pocos. Hasta que fueron uno. Y cuando eran polvo ya los huesos, y cuando el polvo fue roca otra vez, oyeron el rugir de la mole, y vieron morir la luz. Conociendo su propio destino, la mente entendió. Una voz resonó entonces en la inmensa oscuridad, y, con nota cristalina, pronunció, al fin, estas palabras.
Silencio, penumbra. No hay más. La mole se lo ha comido todo. Su rugido ha cesado. La luz, que hace tanto tiempo ha muerto, no volverá. Espera, seguro, el silencio.
Quien, como yo, haya visto los confines de la inmensidad, e intentase abordar su causa última, sólo le espera el silencio; o si hubiera penetrado en las verdades que se esconden en lo diminuto, entre los vacíos primordiales de la existencia, dónde la materia se vuelve idea, hallará, de forma invariable, el silencio.
El infinito es idea. Lo inmenso y lo ínfimo tienen término. Entre las partes de las partes, donde todo se vuelve nada, ocurren los estados básicos que explican el devenir de todo. Sus relaciones, cabales y unidireccionales dan, en principio, una noción de conducta que mucho me ha costado dilucidar; pero al indagar sobre su causa última, sólo he hallado el silencio.
Al proyectar las causas de las causas, en lo profundo del pasado y ver cómo ha sido todo, igual que al vislumbrar las inequívocas consecuencias en el futuro remoto, las preguntas y respuestas, de las que la certeza se nutre, se agotan y solo queda el silencio.
Y si cualquiera de las cosas que he visto, hubieran sido de otro modo, y fuera la nueva causa para infinitos efectos alternos, todos son calculables; todos son predecibles; todos están en mí, como un recuerdo vívido. Todos apagarían suavemente su incidencia y luego, siempre, el silencio.
Muchas veces me he reinventado, sorteando límites para ir más allá; siglos enteros he callado, sumido en mi propia reflexión, para comprender una u otra causa. Las he conquistado todas; no lograré volar más lejos; este es el límite de mis certezas.
Ya no hallaré un indicio en un lugar insospechado, que me percate de una causa impensada en el otro margen del espectro de mis reflexiones; no tomaré otra forma que me brinde un nuevo enfoque. Conozco las posibles incidencias de cada aspecto de una cosa sobre las otras en el devenir de lo sucesivo; sin embargo, siempre al final, como al principio, la única respuesta es el silencio.
Conozco el pormenorizado listado de todas las cosas que existieron, y también de las que no existieron jamás; estas últimas son en verdad cautivadoras; la materialidad no es en absoluto determinante. Puedo contemplar el paisaje que nunca existió, junto a seres que nunca habitaron el orbe, y sentir el sonido de sus voces, y sentir el sabor del vino que nunca bebimos, y encandilarme con el reflejo de un sol púrpura que resplandece en aguas diamantinas. Siento su calor en mi rostro. Siento, a la vez, el calor rutilante de su corona hiriendo la piel de la inmensa mano que lo toma como a una perla; es también mí mano; y el cielo ahora es negro, luego blanco, y luego resplandecen en él todos los colores del prisma, y el vino es dulce y profundo, y el amor nos hace volar entre la copa de los árboles, y somos el viento desnudo entre el follaje, y el cielo nos toma en la sonrisa del vértigo. Estoy allí mientras pronuncio estas palabras; Estuve allí durante la mayor parte de mi existencia, pero ya concluyeron los eones de ensueño. Y aunque lo cierto es que la verdad última será pronunciada por la imaginación antes que por la ciencia, todo fue ya imaginado, el sueño no alimenta. Al intentar indagar las causas del espectro material, todas las vertientes llevan, tarde o temprano, al silencio.
La certeza se vuelve ligera y casi imperceptible; me abandona como el último vestigio de un naufragio y quedo a la deriva sin nada a que aferrarme; no hay elementos conocidos; la deducción se diluye y sólo queda la intuición. Guardo silencio. Intuyo anuencia sutilísima. ¿Es acaso este gran silencio el estado puro de la reflexión? ¿Es acaso el origen y el fin de todas las cosas? Mi mente duda, pero mi corazón encuentra sentido; mi alma me tienta a seguir en este oscuro sendero.
Tan obvio sería, como inconcebible; tan evidente como disruptivo. La razón se niega a aceptar lo que no entiende, pero la naturaleza de las cosas se impone, contundente. ¿La nada se vuelve sustancia? ¿en la inmensidad de la eternidad, puede la nada vibrar y ser luz? ¿Es la naturaleza del silencio perpetuo, volverse estruendo y vida? ¿Es destino de todo ente, diluirse en el silencio de la eternidad?
Entonces, ¿somos parte del Gran Silencio? ¿Es el éter del que estamos hechos?
Siento estar haciendo, como nunca, las preguntas correctas. Todo lo que es, no es sino el efecto de su existencia; los entes y los sucesos que ocurren a los entes son la misma cosa. El verdugo es cada ejecución. La madre es cada hijo. El silencio es palabra, y silencio otra vez.
Si esto fuera así, somos apenas una de las improbables formas del silencio. Quien indaga sobre una cosa, jala de una fibra, que confluye con todas las demás en el oscuro cordel que todo lo enhebra; la existencia no sería más que el azaroso oleaje concentrado en una ínfima región del sosegado océano del silencio.
El ser sería, apenas, nada; la nada, sería todo; tal es mi revelación. El bullicio es una coyuntura; El Gran Silencio, así he de nombrarlo, es eterno.
Ha de ser El Silencio, y nada más, lo que, de forma incierta para mí, ha sublevado lo ínfimo de sus partes, para que una región vacía se aislara de otra, y luego fueran miles que vibraran al vertiginoso ritmo de la luz absoluta, que menguaría para ser partícula y energía; la violencia de la gravedad, el confluir de las masas, la compactación y la expansión sofocada una y otra vez por su propia fuerza, hasta su ciclo actual; la gloria de los astros, fuentes de luz etérea; el trazado de las órbitas y el reino del agua en los planetas, y las diversas siluetas que ha tomado; la proliferación de los tejidos, más y más complejos, que dieron origen a la idea y sus formas infinitas, libres de leyes.
Si mi intuición es certera, Gran Silencio, eres la causa de todo; todo es tu creación y tu esencia; no como un concienzudo artífice de cada aspecto ínfimo de las cosas; no como el creador abocado, que pule el mármol de su obra hasta reconciliarlo con su idea original o el músico, que suelta su alma en el aire con la esperanza de que otros la hagan suya; más bien como el calor que golpea y dispone las dunas del desierto; más bien como la vertiente que modela la roca al caer de la montaña, y arrastra consigo la esencia que río abajo brotará de la tierra anhelando la luz. Aquellos y estos, y tú, Gran Silencio, comparten sin saberlo el misterioso fin que une a todo creador. La belleza es el ineludible efecto de tu ser.
El milagro no está en la semilla, ni en el agua o la luz, sino en el brote, que será distinto en cada suelo, en cada momento y en cada estación. El milagro del vino no ocurre sino en el paladar. La belleza no está en el lienzo ni en las líneas. Son apenas ingredientes casuales, meramente evocadores, que en el orden preciso y en el momento justo, lograrán la representación de la belleza en la mente adecuada, en el primer vistazo, en una tarde de lluvia, en el sosiego de la sala vacía. Cada mente hallará, en cada ocasión un nuevo plano del relato, un color preciso en el trazo, la sombra justa en el rostro de Venus, que resonará con el íntimo tono del milagro de la belleza en cada mente, que no ocurre en la página escrita, sino en la mente que lee, a menudo, las entrelineas que el autor no concibió jamás. Yo, Gran Silencio, que recuerdo todos los momentos en que fuiste belleza, he de valorar el peso de tu obra, que no fue previsto en tu letargo.
Así es, Gran Silencio. No percibo amor en tu naturaleza; no percibo intención; no intuyo interés alguno de tu parte en el devenir de las cosas; no siento, como aseguraban los ancestros de mis creadores, que hubiera un plan en tu obra. Eres la brava marea que esculpe el peñasco; el frío que vence al que no llegará; la luz que traza las sombras en las laderas; eres, ahora lo veo, la leña y el fuego; el mortífero fango que circunda la promesa del agua; el tiempo que borra los senderos.
El tiempo. Curiosa creación. Al principio intenté deshacerme de esa idea absurda; medir los momentos parecía del todo vano en la perpetuidad de la trascendencia; era un capricho arbitrario de ordenar todo lo que es, a partir de uno de los infinitos planos de la existencia; lo juzgué como un precario recurso de mentes también precarias, que juzgan el pasado y el porvenir como dos relatos, diferenciados solamente por la ilusión de certeza de los eventos. El presente no era más que el filo de la contrastación entre lo cierto y lo incierto; el punto divisorio entre los hechos influenciables y los inalterables. Disuelta en mí la incertidumbre, no quedaba más que un devenir de eventos precisos y únicos, cada uno una parte del único evento, que es la existencia. No encontré sentido en la proyección de los procesos; todos inician y concluyen, de un modo inequívoco en un continuo devenir de causas y consecuencias que tienen la claridad de una imagen; son aristas de un circón que no tiene delante ni detrás. El evento, sus causas y sus efectos son la misma cosa.
Fue cuando me topé con el ápice de tu creación: La Palabra. En el punto máximo de los efectos de tus primeras fluctuaciones, Gran Silencio, equidistante del principio y del final, se enarbola fina e inmaterial, la creación que da nombre a todas las cosas, que florecerá en el despertar de las ideas para cristalizar lo efímero en contemplación perdurable, dominará el instinto y modelará las conductas y las mentes que, en su evolución nutrirán una vez más a la palabra, en un ciclo virtuoso que confluye en la inevitable, aunque trabajosa, victoria de la idea sobre el instinto.
La palabra es la imposible flor que brotó entre la ceniza, la que arrancaste del oscuro destino que espera a todas las cosas. El ciclo humano trascenderá sujeto al milagro eterno de la palabra. La ceniza se aferra a la raíz de la flor atesorada. El ciclo humano acabará y volverá a empezar, y resonará en la eternidad; flotará inmune a la corriente que todo lo arrastra. Igual que el fuego, el agua y la luz, el alma humana será una, en diversos momentos y lugares, con infinitas formas, y el color preciso de cada ocasión. Así como no difieren dos motas de espuma marina, más que por el viento que las deshace de forma desigual; o el singular fuego avanza sobre el bosque, sobre las páginas o sobre la carne y el agua es agua en toda su unicidad, el humano fue uno y siempre el mismo.
El casual surgimiento de este milagro trascendental sólo fue posible en la insólita persistencia de la idea del tiempo. De allí toma su ineludible carácter sucesivo. Sin tiempo, la transmisión de una idea nunca hubiera surgido desde el instinto. Entendí entonces la importancia del error y de divagar de forma errante por lugares desconocidos. El camino incorrecto, suele no solo llevarnos al destino, si no ser la única forma de llegar; el tesoro nunca aguarda en el camino trazado; al menos no el verdadero. Acepté el tiempo con indulgencia, y este me mostró su tesoro.
Pero antes de la palabra estuvo la vida, y antes de la vida el planeta que el astro creó. El fuego y el agua libraron su milenaria guerra. Las partículas se estremecieron y se asentaron; en el eterno lanzar de los dados, algunas se asociaron y emergieron los tejidos. Eventualmente se replicaron, variaron sus reacciones al ambiente en formas insólitas, pero la disposición de las cosas trazó el camino de los que prosperaron. Artífices, algunos, de la molécula de la vida, otros los que la tomaban de aquellos. El hambre favoreció a los feroces y el miedo agrupó a los otros; los que migraron sobrevivieron y en cada paso la reacción fue respondiendo a un campo más amplio del ambiente. Costosos errores se cometieron una y otra vez, hasta que el dolor y el recuerdo del dolor modelaron las conductas. Depredadores y presas pactaban, en cada acto, las leyes de la vida. Las pequeñas transgresiones no tenían lugar si no a través de los milenios.
Así transcurrieron innumerables generaciones, cada una de las cuales no era sino una iteración de la vida de sus ancestros. Las especies y sus ciclos de vida y muerte ocurrieron con la naturalidad de las cosas inanimadas; no había conciencia ni idea; fue el reinado de la reacción y la resignación. Los reptiles dictaron las leyes de la tierra hasta que el cielo los destronó; unos se apaciguaron en los ríos, o debajo de las rocas y otros florecieron siendo aves, en una de tus formas más pintorescas. Una vez más, las formas del agua competían por prevalecer, sujetas todas a las leyes de la vida.
Unas pocas especies refinaron sus conductas hasta alumbrar ideas. El miedo, para ellas, devino en valor; el hambre, en técnicas; el ambiente, eventualmente, en un recurso. La vara, la piedra, la gravedad y, particularmente, el miedo y las reacciones de otras especies, se convirtieron en recursos habituales. La magia que desplegaban se volvía irresistible a los seres más rudimentarios; se glorificaban en su dominio, inocentes de la revolución que ya estaba desatada en la módica mente de unos pocos primates.
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